Corre por Internet una especie de texto motivacional que te
empuja a hacer grandes cosas porque Alejandro Magno ya era el dueño de un
imperio cuando era un veinteañero. Como si el zagal hubiera llegado al mundo
con las manos vacías y hubiera, en una especie de moraleja en la que el
esfuerzo tiene su recompensa, amasado un imperio bien merecido. Alejandro
Magno, el Amancio Ortega del helenismo clásico.
No estoy diciendo que el bueno de Alex no tuviera valía, que
sobrevivir a los típicos complots dinásticos y a las obligatorias batallas
tiene su mérito. Que la Antigüedad tenía sus cosillas, y una larga esperanza de
vida no era uno de sus puntos fuertes. Pero para todos los aprendices de
terapeuta emocional os lo digo: yo tengo derecho a ser un mierdas porque mi
padre no era Filipo II, Rey de Macedonia.
Es cierto que los primeros años después de la muerte de su
parte se tuvo que dedicar a re-consolidar su poder, conquistando a todos esos
pueblos que habían aprovechado la muerte de Filipo para independizarse. Que
puede ser una putada, sí, pero es como si en herencia tu padre te lega los
ingredientes para hacer una deliciosa tarta: tienes que currártelo un poco,
pero luego disfrutas comiéndotela. Pues Alejandro con su imperio es más o menos
lo mismo, solo que con menos bizcocho.
Alejandro Magno a punto conquistar medio mundo armado solo con sus puños y un cabreo importante.









