La semana pasada
había que cambiar la hora, y yo odio tener que cambiar la hora. Es algo que me
agobia bastante, porque siempre creo que me voy a olvidar y llegar tarde, y me
parece una soberana mierda. ¿Por qué no podemos tener la hora quieta y ser
todos felices? Para joder, estoy seguro que es solamente para joder.
El caso, que la
semana pasada llegué tarde a medirle el azúcar a mi abuela, y la pobre señora
estuvo esperando pacientemente una hora más de lo debido a que llegara su nieto
a pincharle el dedo, sin desayunar.
¿Por qué debería
importaros esto? Porque voy a hacer caso al señor Anónimo® y a escribiros lo
que pasó del 5 al 14 de octubre de 1582. Porque si me jode tener que adelantar
una hora el reloj, imaginad tener que adelantar nueve días el calendario. La
apoteosis de la animadversión.
Hablemos de
calendarios.








