Parece que esta será la última o penúltima entrada de
cuarentena que vais a leer. Han sido unas semanas muy bonitas, he tenido muchas
esperanzas de poder salir a saquear y sembrar el terror, pero se ha hecho lo
que se ha podido. La lista de tiendas y objetos que quería robar mientras
durara el caos no ha podido ser completada, pero se quedará guardada en el
cajón de los planes futuros, esperando a la siguiente pandemia.
Es indignante que empezara la cuarentena con abrigo
largo y ahora esté escribiendo esto en calzoncillos, porque hace demasiado
calor al lado del ordenador. Cuarentena ¿por qué me has robado esos momentos en
los que puedo salir a la calle con una simple chaqueta? Como dice la canción:
¿quién me ha robado el mes de abril?
Pero bueno, que no me quejo porque mi casa es mi zona
de confort, que suficiente me he esforzado en crear mi sanctasanctórum en el
que sentirme protegido. Un sanctasanctórum que, por cierto, en su estado
natural produciría fuertes embolias cerebrales a Marie Kondo: la principal
cualidad estética de mi refugio personal se basa en apilar cosas sin orden
aparente (aunque luego, cuando necesito algo, me pegue buscando horas).
Yo cuando acabe la cuarentena y me vea obligado a salir de casa.









