domingo, 28 de febrero de 2021

Alfonso XII, el rey populista

 


Después del Sexenio Revolucionario y de una república fallida, sectores conservadores de la población llegaron a la conclusión que eso de importar reyes del extranjero no era la solución, que no había nada mejor que el producto nacional. Aunque ese producto nacional hubiera venido de Francia hace un par de siglos. Porque la croqueta también es francesa, en teoría, y bien que nos gusta a todos.

Y así comienza la Restauración. Porque Isabel II estaba desterrada y tenía mala fama, pero su hijo no tenía por qué arrastrar los pecadillos que había cometido la madre. Que, si hacemos caso a las malas lenguas, esos pecadillos eran, básicamente, lujuria a todas horas con cualquier cosa que le recordara vagamente a un pene.

El caso es que el joven Alfonso XII se había criado en el exilio, lejos de las influencias cazurras que tanto caracterizan a España. Esa especie de “experiencia Erasmus del siglo XIX” lo había puesto en contacto con otras ideas y alternativas políticas, justo lo contrario que había caracterizado a su abuelo Fernando VII.

El Duque de Sesto iniciando a un joven Alfonso XII en el adictivo mundo de las patillas gordas.

Así que el 1 de diciembre de 1874, Alfonso XII escribe el Manifiesto de Sandhurst, que básicamente es un texto que puede resumirse en:

Hola, soy un rey moderno que tengo muchos planes para el país. Experiencia en reinar tengo poca, no os voy a engañar, pero tengo mentalidad de tiburón y estoy deseoso de hacer cosas. Ah, también se respetar una Constitución. Creía importante insistir en esto después de otras experiencias que habéis tenido con otros monarcas.

Un beso.

Spoiler: le darían el trabajo y su experiencia laboral como Rey de España sería de 11 años. Y parece ser que cumplió su promesa, intentando demostrar que la monarquía no era tan mala, que se podía confiar en ella otra vez. Cosa que no llegó a comprender demasiado bien su hijo y sucesor.

Alfonso XII cosplayeado de alemán, justo a punto de entrar en el Salón del Manga de Barcelona.

¿Era Alfonso el decimosegundo un buen rey? Bueno, digamos que, para lo que vino después, robaba poco. Y respecto a lo que habíamos tenido antes, solo tenía un par de hijos ilegítimos, así que tampoco destacaba por su follisqueo. Ni demasiado escandaloso ni demasiado ladrón, algo discreto en polémicas para ser un rey: no se le conoce haber tenido cuentas en paraísos fiscales ni llevarse a amantes extranjeras a esquiar en Baqueira (ni haber disparado a ningún hermano elefante).

De hecho, Alfonso XII se dedicó a hacer cosas para caerle bien al populacho. Aparte de casarse con su prima, durante su reinado se acabaron las insurrecciones carlistas, cosa que se agradece a no ser que fueras vasco o navarro. También sobrevivió a dos atentados, que eso siempre da caché a cualquier reinado (lo siento mucho, Archiduque Francisco Fernando de Austria, pero las cosas como son).

-Caballero, el tifus no existe, es todo una conspiración.
- Pero... ¿Qué dice, majestad?
- Todo es una plandemia, te lo digo yo. Un ibuprofeno, y a casa a disfrutar.

Y ahora viene el párrafo que justifica el titulo clickbaitero para mi sector predilecto: la gente que se quiere sacar la selectividad sin esforzarse demasiado y cree todo lo que le dice un tío desconocido por internet, por mucho que insista que es historiador y no aporte pruebas reales de ello.

Así como Juancar I le daba por esquivar la vigilancia para irse de safari de caza o de safari de follisque, Alfonso XII se caracterizaba por esquivar la vigilancia para irse a besar niños, hacer acto de presencia en lugares donde había habido una tragedia o visitar enfermos. Que, esto último, en una época en la que las vacunas no estaban tan avanzadas y la penicilina ni existía, era deporte de riesgo.

Pero fue visto como un rey campechano que se preocupaba por sus súbditos. Pero, después de haberse caracterizado por visitar enfermos, a Alfonso XII le dio por morir de tuberculosis, una moda que pegaba muy fuerte en aquella época junto con morir de tifus. Oh, letal ironía.

Ni sus poderosas patillas pudieron salvarlo de las letales cargas víricas.


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