El otro día, en plena cena de Halloween con los
amigos, alguien mencionó que la sed era el peor enemigo del soldado. Yo me
levanté, me puse el abrigo y, antes de marcharme con un portazo grité “por
supuesto, porque los soldados no tienen nada que temer de sus grandes amigos
inseparables, el Señor Metralla y la Señora bala”.
Estaba en ese momento de iluminación que tienes cuando
vas solo en un ascensor, ese momento de introspección personal en el que todo
encaja, justo ese. Como soy el dios del sarcasmo, decidí volver a ese cuarto
piso a poner las cosas claras de forma ácida y con malevolencia.
Así que volví a llamar al timbre como si fuera un niño
pidiendo caramelos. Como si esos niños tuvieran diabetes inversa y necesitaran
enormes cantidades de azúcar para vivir un día más. El caso es que cuando se
abrió esa puerta fue como si no me hubiera ido, porque es posible que todo el
párrafo anterior sólo ocurriera hipotéticamente por motivos narrativos.
Y ahora empieza lo serio. Nunca (e insisto, NUNCA)
intentes entrar en razón a un historiador furioso. Empezarán a soltar
referencias a libros gordos que sólo han leído ellos y a señalar errores por
todas partes. Son animales que no se detienen antes nada y con los que es
imposible utilizar argumentos lógicos. Simplemente no razonan.
La ciencia me da la razón.







