Una semana después, ya estoy más o menos sano. Se me ha
quedado una tos que sería la envidia de un sanatorio de tuberculosos, pero más
o menos ya podría considerarme “sano”.
Pero por lo menos vivo en una época en la que puedo ponerme
un copazo de jarabe para la tos y bebérmelo de forma decadente sentado en mi
sillón señorial. Es lo que tiene el progreso y la medicina. Pero estos
adelantos de lo que yo disfruto para no toser hasta escupir trocitos de pulmón
no estaban disponibles en la Edad Moderna, época de grandes plagas y
enfermedades chunguísimas.
No en vano la Edad Moderna conllevó una debacle demográfica
para los pueblos precolombinos, cuando tuvieron contacto con las enfermedades
que portaban los conquistadores europeos. Enfermedades víricas e infecciosas
que hasta entonces no se habían conocido en el continente americano diezmaban
los indígenas: disentería, sarampión, rubeola, paperas, amigdalitis, ictericia
y meningitis hicieron que la población indígena que establecía contactos con
los europeos muriera en porcentajes que podían llegar hasta el 90% de los
individuos. Lo cual significa que era mucho más efectivo acercarte a Moctezuma
y toserle en la cara que dispararle con un arcabuz en dicha cara.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué estaba muriendo tanta gente
así, en general?
- Diego de Mendoza, cuando volvamos a España te pasas a que te miren esa tos con moqueo ¿eh?
- Bah, que esto es un enfriamiento pasajero, me quedo un poco descansando en esa aldea de indios y se me pasa
- Pero tómate un ibuprofeno, que lo cura todo.







