La semana pasada llegué a donde no llegó Felipe II con la Armada Invencible y estuve haciendo el turista en Londres,
capital de un país en el que un pirata puede llegar a ser “sir” por gracia y
obra de Isabel I de Inglaterra. Un país en el que amanece lloviendo, a mediodía
hace un tiempo veraniego y dos horas más tarde tienes que ponerte bufanda. Un
país en el que se come a las 12 del mediodía, cenas a las 7 y a las 10 estás en
la cama (en caso contrario eres un malote). En resumen, un país de locos.
Pero, en líneas generales, la capital de la “pérfida Albión”
fue entretenida de visitar. Y agotadora, también, que la vida de un turista es
muy sacrificada. Ya sabéis: levantarse pronto para patear la ciudad, entrar a
un museo, salir a comer de bocadillo y volver arrastrándose a la habitación
para tumbarse en la cama y notar como tus pies agonizan. Cenar algo. Dormir.
Repetir.
Los francotiradores ingleses de la Primera Guerra Mundial eran seleccionados de entre los soldados con grandes carencias en el sentido de la moda y la estética








