Corría el final de la Segunda Guerra Mundial cuando las
diferentes potencias que estaban montando una fiesta en el patio trasero de
Alemania se dieron cuenta de una cosa: nadie había traído cervezas. También
encontraron un montón de investigaciones sobre motores a propulsión, pero no
comprendían como esos motores a propulsión podían traerles las cervezas que les
faltaban.
El caso es que como Alemania ya había sido derrotada, había
que buscar una excusa para llevarse mal.
El nazismo estaba derrotado, y las superpotencias elevaron implorantes sus ojos
al cielo… y lo comprendieron. La causa de discordia durante las siguientes
décadas sería esa, ver quién se daba antes un garbeo por el cielo.
Por ello, Estados Unidos y la Unión Soviética (y,
recordemos,
también Zambia) empezaron una carrera a contrarreloj por ver quien
subía más alto. La competición empezó fuerte cuando uno de los primeros
soldados en entrar en el recién ocupado Berlín cogió una silla y se subió de
puntillas encima de ella.
Porque no hay nada como querer enviar un bombazo bien grande
a unos miles de kilómetros de tus fronteras (o a una isla especialmente difícil
de invadir) para empezar a dejar volar tu imaginación. Literalmente, los cohetes
V-2 son el abuelo de los cohetes espaciales actuales, y mientras la paranoia de
la Guerra Fría se extendía, alguien pensó “oye, si puedo meterle una bomba,
puedo meterle cualquier cosa”.
Pero el logro más impresionante es leer como los astronautas del Apolo 10 hablaban
de que había un ñordo flotando en mitad la nave espacial (página 414 y siguientes del documento).