Yo mismo me he visto frustrado muchas veces cuando he tenido
que explicar algo sumamente sencillo a alguien que aún no sabe cómo funciona.
La sabiduría te da una especie de superioridad: tu, al contrario que el
neófito, ya sabes lo que va a ocurrir. Si nos situamos en perspectiva, damos
por hecho demasiadas cosas que en su momento fueron nuevas, que era la primera
vez que se ponían sobre la mesa y hacía falta innovar para que se resolvieran.
Y si algo me encanta de la Primera Guerra Mundial es la
capacidad de innovar que tuvo.
No me estoy refiriendo a las innovaciones técnicas para
matar más y mejor, que también las hubo, sino a los “¿y ahora qué hacemos?” que
surgieron a lo largo de la contienda. Los primeros cascos de acero surgieron
como respuesta al “¿y ahora qué hacemos?” de las heridas de metralla. Porque,
hasta entonces, el pináculo de la ciencia en cuanto a protección de la cabeza
era una gorra de tela, y eso no protegía demasiado ni de balas ni de metralla.
Era la costumbre del siglo XIX, que venía ya desde que se
introdujo en Europa el uso de la pólvora: si una bala atravesaba la armadura de
igual forma que la tela, ¿para qué llevar peso? Pero, claro, lejos había
quedado la guerra como un enfrentamiento organizado de dos líneas de soldados
una enfrente de la otra. Con una guerra masificada, había que proteger al
soldado de alguna forma. Al menos mínimamente. Para que no cayeran como moscas
ante el primer nido de ametralladora.
- Sargento Magnolia, le veo más lozano ¿hace la fotosíntesis mejor?
-Hijos de puta







