domingo, 24 de enero de 2016

La Primera Guerra Mundial: el camuflaje es para los valientes



Yo mismo me he visto frustrado muchas veces cuando he tenido que explicar algo sumamente sencillo a alguien que aún no sabe cómo funciona. La sabiduría te da una especie de superioridad: tu, al contrario que el neófito, ya sabes lo que va a ocurrir. Si nos situamos en perspectiva, damos por hecho demasiadas cosas que en su momento fueron nuevas, que era la primera vez que se ponían sobre la mesa y hacía falta innovar para que se resolvieran.

Y si algo me encanta de la Primera Guerra Mundial es la capacidad de innovar que tuvo.
No me estoy refiriendo a las innovaciones técnicas para matar más y mejor, que también las hubo, sino a los “¿y ahora qué hacemos?” que surgieron a lo largo de la contienda. Los primeros cascos de acero surgieron como respuesta al “¿y ahora qué hacemos?” de las heridas de metralla. Porque, hasta entonces, el pináculo de la ciencia en cuanto a protección de la cabeza era una gorra de tela, y eso no protegía demasiado ni de balas ni de metralla.

Era la costumbre del siglo XIX, que venía ya desde que se introdujo en Europa el uso de la pólvora: si una bala atravesaba la armadura de igual forma que la tela, ¿para qué llevar peso? Pero, claro, lejos había quedado la guerra como un enfrentamiento organizado de dos líneas de soldados una enfrente de la otra. Con una guerra masificada, había que proteger al soldado de alguna forma. Al menos mínimamente. Para que no cayeran como moscas ante el primer nido de ametralladora.


- Sargento Magnolia, le veo más lozano ¿hace la fotosíntesis mejor?
-Hijos de puta

domingo, 17 de enero de 2016

Petimetres, hipsters del siglo XVIII



El mundo del moderneo ha sido una constante histórica. De siempre. De toda la vida.  Y os lo digo yo, que estoy bebiendo un té de vainilla con leche en una copa de cristalería de los años 20 (que es donde bebo normalmente cuando estoy en casa).

Con esto quiero decir que la subcultura hipster no es algo que ha surgido de ahora. En el siglo XIX ya existían gafapastas pero, claro, no se llamaban a sí mismos “gafapastas”. Eran los petimetres, la cultura underground del momento allá por finales del siglo XVIII y principios del XIX.

Pero primero veamos qué es un hipster, sólo para cubrirnos las espaldas en el caso de que hayas estado viviendo debajo de una piedra. Vamos a recurrir al templo del saber que es Wikipedia:

La cultura hipster es una subcultura de jóvenes bohemios de clase media-alta que se establecen por lo general en barrios que experimentan procesos de gentrificación. Se asocian a tendencias musicales indie y alternativas, a una moda alejada de las corrientes predominantes, basados más en lo independiente (que incluye artículos vintage), a posiciones políticas progresistas (de izquierdas), al consumo de alimentos orgánicos y productos artesanales y ropa de segunda mano. Se caracteriza por una sensibilidad variada, alejada de las corrientes culturales predominantes (mainstream) y afín a estilos de vida alternativos.

Y añado: además llevan barbas y gafas de pasta (disponibles con y sin cristales).

Gracias al PP tu cuñado supo de una vez lo que era un "jister d'esos"

domingo, 10 de enero de 2016

Vuelve la conexión

Soy consciente que prometí volver en diciembre, pero han surgido cosas por en medio y me ha sido imposible actualizar. Esas "cosas" son, básicamente, un nuevo máster. Como, en general, no es que las empresas se peguen por contratar a historiadores en sus plantillas, pues me metí en el máster de profesorado para hacer algo y tener otro papel más a  la hora de abultar curriculum.

Gran error.

Ese máster ha absorbido toda mi vida, personal, académica y de cualquier otro tipo. Cuando no estoy haciendo trabajos, estoy en clase, y cuando no estoy haciendo ninguna de esas dos cosas estoy pasando apuntes a limpio.

Y además, después de navidades empiezo la temporada de exámenes de ese nuevo máster, con lo que aun tendré menos tiempo libre.

Adjunto dibujo explicativo de mi situación actual.



Y todo esto para deciros que la semana que vuelve empiezo a escribir otra vez.


domingo, 18 de octubre de 2015

Perdemos la conexión

Voy a tener que dejar de escribir durante unas semanas. La fecha límite para presentar el Trabajo de Fin de Master es el 1 de diciembre y necesito todo el tiempo que pueda para dedicárselo  a ese bastardo exigente.

Puede que escriba alguna entrada, pero no puedo garantizar la regularidad semanal que intento cumplir de normal. Por Facebook seguiré subiendo alguna fotillo o algo rápido, para que sepáis que sigo vivo, mayormente.

No quiero colgar el cartel de “cerrado”, prefiero colgar el de “vuelvo en 5 minutos”. Pero no un “vuelvo en 5 minutos” de Antena 3, que ya sabemos cómo acaban sus vacías promesas de que la película que estás viendo reanude la trama.


Espero que me podáis perdonar, pero en diciembre volveré. Como los turrones, polvorones y la lotería.


lunes, 12 de octubre de 2015

Tu también puedes sentirte como un rey en Mesopotamia



Uno de los axiomas que nos repiten a los historiadores durante toda la carrera es que “la Historia Comienza en Sumer”. No es que haya empezado a mezclar idiomas y que la Historia empiece en verano (a excepción de la historia de este blog, que empezó un verano especialmente aburrido), es que la escritura nace en Mesopotamia. Sin escritura no hay Historia, lo que hay es prehistoria. Y a nadie le gustan  un montón de mancebos cubiertos de pieles y con nulas capacidades de expresión artística.

Allá por el 3000 a.C. (5000 años antes de la vida moderna) Mesopotamia era un hervidero de cosas guays y tipos pintorescos. En esa zona aparecieron las primeras sociedades estatales, entendiendo el estado como una colaboración entre ciudadanos para crear una sociedad con roles especializados. Quizá estoy siendo demasiado farragoso, así que lo explicare de otra forma: en una sociedad tribal, tú podías matar a tu vecino y quedarte con sus tierras y lo máximo que podría ocurrir es que sus familiares directos clamaran venganza. Con la creación del estado, no sólo podías defenderte de ataques de otros individuos sino que podían imponer castigos legales.

Pero no todo era color de rosa, porque estas sociedades eran tremendamente supersticiosas. Los ejecutores y redactores de las leyes no eran abogados ni nada parecido, eran sacerdotes de dioses que, digamos, no iban sobrados ce compasión. Los dioses mesopotámicos eran implacables y crueles, nada que ver con los dioses simpáticos de los egipcios o con los futuros dioses griegos, llenos de defectos humanos.

Hammurabi después de haber bajado de su longboard y haber tirado el vaso del Starbucks que se acababa de beber