El carlismo no es como el falangismo, pese a que Franco
uniera las dos ideologías en la FET de las JONS. El carlismo tiene un
regusto a romanticismo ingenuo y a
ideología vintage. Esa idea de que todo se arreglará mágicamente si se restaura
el linaje de Carlos María Isidro, legítimo rey de las Españas y no esa
usurpadora de Isabel II.
El carlismo mola. El hecho de que tengas carlismo en
diferentes sabores dependiendo de tus gustos políticos (tradicionalistas
acérrimos o socialistas autogestionarios, por ejemplo) hace que su catálogo
guste a niños y mayores. Incluso, en una de las primeras elecciones de la
democracia, fueron integrados en Izquierda Unida, dándoles un toque contradictorio
y naif que les hace adorables.
Pero lo que os voy a contar no tiene que ver con estos
carlistas contemporáneos, tiene que ver con los carlistas del XIX. Con esos
tíos que te montaban periódicamente una guerra civil porque no les gustaba para
nada que Isabel II estuviera en el trono y que España tuviera algo tan
aberrante como una Constitución. Esos que tenían a Carlos María Isidro como su
waifu.
Ver a mujeres en bikini: el principal temor del carlista en verano.









