domingo, 10 de abril de 2016

Los felices años 20



Aún sigo con tos. Supongo que eso significa que soy una persona tan agradable, que hasta a las enfermedades les cuesta olvidarme. Así de dura es mi vida.

Pero no les culpo, a mí también me cuesta olvidarme de algunas cosas… como los años 20. Justo es lo que he tenido que enseñar a una pandilla de adolescentes de 4º de la ESO esta semana. Es un gozo poder enseñar lo que te gusta, pero también una maldición porque no puedes profundizar todo lo que te gustaría en el tema. Tienes 50 minutos de clase y un puñado de mentes saturadas de hormonas, no vas a hablarles de la decadencia de la vía democrática en los países  que habían experimentado la Primera Guerra Mundial.

O si, dependiendo de lo que odies a tus alumnos.

Ah, los tuentis... (aviso, hace falta un conocimiento mínimo de inglés para pillar este juego de palabras)

Estados Unidos fue el gran beneficiado de la Primera Guerra Mundial. Entró a patear culos en 1917 y, dado que la guerra acabó prácticamente un año más tarde, no le dio tiempo de que muchos soldados americanos murieran en las trincheras. Además, el continente americano estaba, si mis lecciones de geografía no me fallan, bastante alejado de la devastación de las trincheras.

Estados Unidos, hasta 1917, se había dedicado a mantenerse en un segundo plano vendiendo suministros a los países que si estaban luchando en la Gran Guerra. Y, bueno, sacando un beneficio económico gracias a vender alimentos a países que tenían a su población productiva desangrándose entre el barro del Somme. España también estaba en el ajo, pero con una economía mucho más tradicional y un tamaño inmensamente más pequeño, no podía competir con la producción cerealera de, por ejemplo, Alabama.

Al finalizar la guerra, Estados Unidos se había convertido en la primera potencia económica mundial, acumulando  la mitad de las reservas mundiales de oro, y desbancando a la tradicional potencia de la Vieja Europa que ostentaba ese título: el Reino Unido. No contento con eso, los yanquis también empezaron a dar créditos a los países arruinados por la guerra como quien da propina los domingos. ¿Qué tienes la mitad de tu industria arruinada y no eres capaz de satisfacer la demanda de productos de consumo? Toma unos dólares. No se lo digas a tu madre.

Peinados con más gomina que pelo, calcetines por fuera de los pantalones, a Di Caprio haciendo de extravagante millonario... los años 20 lo tienen TODO

Mientras tanto, los países europeos tenían que devaluar su moneda para hacer sus economías competitivas, arruinando a los ahorradores. Contrastando a la expansión económica americana, Europa tuvo que lidiar con una economía en retroceso, un sector industrial enfocado a la guerra y un sector agrícola insuficiente como para alimentar un país.

Viendo lo deprimente que significaba ser europeo y lo guay que eran los estadounidenses en ese momento, es comprensible que todo el mundo quisiera contagiarse del “american way of life”. Mientras en Europa se producían golpes de estado y revoluciones, en Estados Unidos  se ataban los perros con longanizas.

Miles de inmigrantes intentaron probar suerte en el país de las oportunidades y ver si lo del sueño americano era verdad. La gente que se quedaba en sus países originales (especialmente las capas más adineradas, que no tenían que preocuparse por eso de emigrar) empezó a imitar las nuevas modas americanas. Eso significaba que dejaron de escuchar música clásica en gramófono, sentados en butacones en sus cavernosas mansiones, para visitar salones de baile a ritmo de jazz y swing. 
También se aficionaban al golf y los coches norteamericanos de la marca Ford. Y, bueno, los más atrevidos podían ponerse hasta las trancas de ese polvo mágico conocido como “cocaína”.

Venga, un poco de frivolidad y desnudos femeninos ¡si tiene un filtro en blanco y negro es arte, no pornografía!

Había que celebrar que se había sobrevivido a una guerra que se había llevado por delante a media Europa. Tú no estabas pudriéndote en una tumba poco profunda en Chemin des Dames, por lo que tu cuerpo pedía fiesta. Gritaba pidiendo fiesta.

Y novedosos productos, como lavadoras y neveras.

La euforia económica, a parte de la afición por invertir en la Bolsa que todos conocemos, también se tradujo en un consumismo desaforado. En Estados Unidos todo el mundo trabajaba, por lo que todo el mundo tenía dinero con el que satisfacer sus ansias materialistas. Lujos que hasta entonces solo habían sido alcanzados por una pequeña parte de la población pudieron ser accesibles alcanzados para el grueso de los ciudadanos.

Los años 20, con su esplendor económico y cultural, acabarían en octubre de 1929. Sé que no parece gran cosa que una década acabe dos meses antes de lo debido, pero el ostión que se pegó la Bolsa aquel 24 de octubre de 1929 fue épico. Se trataba del famoso Jueves Negro.

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